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LUNARES

LA LUNA DIGITAL

LUNARES

ÁLVARO NUEVO

Durante minutos que parecieron días, siglos de tiempo detenido, no pudo apartar la mirada. Tenía la respiración adolescente, el deseo aventurero, la pasión entrecortada. El agua reflejaba la luna en mil destellos diferentes. Tuvo que respirar hondo, concentrarse y volver a contar. Ella se lavaba los hombros con caricias algo torpes. Él necesitó acercarse más; daba la vida por un codo más de cercanía. Para no ser descubierto, contuvo el aire en los pulmones, caminó agachado, arrastró los pies, sintió la hierba delatando a sus sandalias, el viento chivato, algunos insectos indiscretos que saltaban a su paso y su corazón trabajando demasiado fuerte. Puede que fuera eso, un latido, lo que ella oyó, pero sólo le dejó el tiempo justo de volver a contar hasta diecisiete antes de girarse y sorprenderle con la furia de cien guerras, la ira hecha blasfemia, el grito, el vendaval, el pudor transformado en tormenta por el orgullo de la belleza al descubierto, de la fragilidad al desnudo, la rabia, la venganza por desvelar lo vulnerable de su cuerpo, siempre victorioso, rendido a la estrategia del agua.

Le maldijo por su descaro con ceguera y la desgracia de predecir el futuro y muchos, muchos años después, cuando Tiresias fue insultado por el rey Edipo -qué puedes saber tú de mi destino, maldito ciego, si no puedes ver ni el sol que nos alumbra-, guardó silencio y sonrió. Sabía que era el único que había contado las lunas que hay en la espalda de una diosa.