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LA LUNA DIGITAL

CAVAR

ARTURO ENRÍQUEZ

El golpe había sido seco y duro, en la nuca. El cuerpo se había desplomado sobre el suelo en una caída torpe y deslavazada. Empezaba a salirle sangre por la nariz y se le habían partido un par de dientes.

Con una precaución tímida, como queriendo no molestar, comprobó que no había pulso. Estaba muerto. El charco de sangre crecía poco a poco, formando sobre las baldosas algo similar a un mapa. Parecía lo único de vida que le quedaba a aquel cuerpo tirado delante de él. Ese pensamiento le inquietó y corrió a coger un trapo para limpiar el suelo.

Detrás de la casa, pasado ya el final de la calle, había un parque en el que podría cavar un agujero para deshacerse del cadáver. En el garaje tenía una carretilla y una pala. Arrastró el cuerpo hasta el garaje y lo cubrió con tres sacos que abrió con un cuchillo. Cuando salió a la calle era ya de noche. Había bastantes nubes.

Llegó al parque sudando. Buscó un lugar un poco apartado y empezó a cavar. La tierra se iba amontonando a su lado, el agujero era cada vez mayor. Pronto empezaron a dolerle los brazos.

Un ruido, el sonido de unos pasos que se acercaban por el camino, le hizo volverse asustado. Se metió detrás de unos matorrales, intentando aguantar la respiración. Desde su precipitado escondite vio a un hombre jadeante que avanzaba en su dirección empujando una carretilla con un bulto.

Fue entonces cuando la luz de la luna se coló entre las nubes y, con la claridad de una pesadilla, pudo ver que en el parque, iluminado durante apenas unos segundos, había otros muchos hombres cavando agujeros, con carretillas a su lado que esperaban el final de su trabajo. No supo si respirar aliviado o echarse a correr.